Ya sabes que la meditación es el estado natural del ser, pero nos hemos olvidado de estar en estado de meditación, porque la vida terrenal nos obliga a adaptarnos a una serie de exigencias para no sucumbir; ya sea en la miseria económica o en la miseria de la soledad terrenal. Para lograr el estado de meditación, es necesario, primero: aquietar nuestro cuerpo, segundo: tranquilizar nuestra mente y tercero: calmar nuestras emociones. Nuestro cuerpo se aquieta por diversas prácticas físicas, cuyo objetivo es llegar a la relajación. La más importante de todas ellas se refiere a algunos ejercicios muy sencillos de respiración. Pero el tema se vuelve un poco más ríspido, cuando lo que queremos es tranquilizar nuestra mente, pues de tranquilizarla depende el calmar o transmutar nuestras emociones. Para ello debemos tener en cuenta una discriminación entre los pensamientos. Separarlos en “continuos y discontinuos”. Allí es donde se asienta el tesoro de adiestrar nuestra mente para la tranquilidad, dejando el campo llano y verde para la meditación.
*Los pensamientos continuos se producen cuando permitimos que comiencen a desencadenar otros pensamientos relacionados con uno primigenio. Por ejemplo: “Tengo que llevar el auto al taller” (primer pensamiento) y luego sigo pensando: “Pero recién el martes, porque los lunes hago las compras en el supermercado y necesito el auto” (segundo pensamiento, relacionado con el primero) continúo pensando: “Ojalá el auto aguante hasta el martes, sino corro el riesgo que se corte la correa” (tercer pensamiento relacionado con los dos anteriores). Entregándonos a los divagues de la mente seguiremos así hasta el infinito y nunca podremos tranquilizarla y menos aún meditar.
El quid está en romper esa cadena ¿cómo? echando mano a lo que concientemente hemos identificado como “pensamientos discontinuos”.
*Los pensamientos discontinuos se producen cuando no permitimos que comiencen a desencadenar otros pensamientos relacionados con uno primigenio. Por ejemplo: “Tengo que llevar el auto al taller” “Esta noche voy a cocinar un guiso” “Mañana voy a pagar las cuentas”. Estos son pensamientos que no tienen nada que ver uno con el otro. Ahora bien, ¿tenemos que forzar nuestra mente a pensar así? La respuesta es no, justamente es todo lo contrario. No hay que forzar la mente para que piense. Cuando aparece un pensamiento, lo observamos y no le damos entidad, al no darle importancia desaparece y aparece otro; con el nuevo pensamiento procedemos de la misma manera; seguidamente aparecerá otro y procedemos igual: no le damos importancia. Llega un momento que la mente se cansa de disparar pensamientos que no la hacen trabajar y así, los pensamientos se van haciendo cada vez más espaciados y la mente se tranquiliza.
Nos hemos acostumbrado que todo debe ser razonado para no perder el control de nuestra vida y nuestra mente actúa en consecuencia. Ahora sabemos que una mente tranquila otorga mayor felicidad y que todo sucede igual, ya sea de una u otra manera, nos guste o no.
“UNA MENTE TRANQUILA ES UNA MENTE DISCIPLINADA”
ALICIA ROXANA MATVIU–GUIA DE MEDITACION– auarmat@hotmail.com
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