domingo, 8 de noviembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
EVOCANDO A BORGES
EVOCACION A BORGES
No sé por qué extraña naturaleza del fluir, aquello que tanto hemos temido, a fuerza de pensarlo, soñarlo y aborrecerlo, se convierte en pesadilla. Me preocupa intuir que tu muerte te develó el misterio de las inmortalidades ¡ay, qué pena! ¿una vez más lo no deseado se convierte en la inmortalidad del alma?
Exijo que en ese lugar de luz, claroscuros y penumbras, donde quizás te encuentres (por flaqueza de la carne y no por determinación de la voluntad) haya caído sobre tu fatigada memoria una chispa de eternidad divina:
EL OLVIDO.
Me regocija pensar que derrotaste la circularidad y que lo has olvidado todo. Y si así no fuera, me aterra imaginar que te han vencido los muros laberínticos de tu memoria. En mi desvelo por tu posible pesar, creo oir la propuesta aciaga que te ofrecieron al verte triste y memorioso: “Existe una posibilidad de amnesia, no es perdurable, pero abarcaría lo que una vida: un segundo o casi la eternidad. Se plasmaría en un tiempo segmentado y en un espacio donde el territorio está dividido en parcelas imaginarias…” Otra vez te encuentras en la trampa de tu fatídico destino:
VOLVER A SER BORGES
Encarnarías para desembarcar en la unánime noche, sin que nadie vea tu canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado… ¡No! ¡No quiero que seas la proyección de mi humillante sueño! Dejaré de cavilar y de temer, dejaré de pensar en ti, dejaré de imaginar tu figura. No construiré con mis manos de Adán de polvo la cárcel de tu esperanza. Te permitiré ser feliz, te permitiré OLVIDAR Y MORIR.
FIN
ALICIA MATVIU
No sé por qué extraña naturaleza del fluir, aquello que tanto hemos temido, a fuerza de pensarlo, soñarlo y aborrecerlo, se convierte en pesadilla. Me preocupa intuir que tu muerte te develó el misterio de las inmortalidades ¡ay, qué pena! ¿una vez más lo no deseado se convierte en la inmortalidad del alma?
Exijo que en ese lugar de luz, claroscuros y penumbras, donde quizás te encuentres (por flaqueza de la carne y no por determinación de la voluntad) haya caído sobre tu fatigada memoria una chispa de eternidad divina:
EL OLVIDO.
Me regocija pensar que derrotaste la circularidad y que lo has olvidado todo. Y si así no fuera, me aterra imaginar que te han vencido los muros laberínticos de tu memoria. En mi desvelo por tu posible pesar, creo oir la propuesta aciaga que te ofrecieron al verte triste y memorioso: “Existe una posibilidad de amnesia, no es perdurable, pero abarcaría lo que una vida: un segundo o casi la eternidad. Se plasmaría en un tiempo segmentado y en un espacio donde el territorio está dividido en parcelas imaginarias…” Otra vez te encuentras en la trampa de tu fatídico destino:
VOLVER A SER BORGES
Encarnarías para desembarcar en la unánime noche, sin que nadie vea tu canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado… ¡No! ¡No quiero que seas la proyección de mi humillante sueño! Dejaré de cavilar y de temer, dejaré de pensar en ti, dejaré de imaginar tu figura. No construiré con mis manos de Adán de polvo la cárcel de tu esperanza. Te permitiré ser feliz, te permitiré OLVIDAR Y MORIR.
FIN
ALICIA MATVIU
viernes, 30 de octubre de 2009
LA ULTIMA NOCHE DE JAZMIN O DE CARILA
LA ÚLTIMA NOCHE DE JAZMIN O DE CARILA
“PARA MIS MUÑECOS OLVIDADOS BAJO LA LLUVIA,
QUE NO SON MAS QUE NIÑOS ABANDONADOS A SU SUERTE;
HE ESCRITO ESTE CUENTO, YO”
La había vuelto a ver un día antes de esa noche. Cuando apareció detrás de los arbustos con su vestidito celeste que nunca le sacaban.
Ya caía la tarde. El agua de la piscina se enfriaba con la brisa del crepúsculo. Ella zigzagueaba entre las mesas del parque. Sonreía. Se agarraba del tronco de los jazmines y giraba en círculos hasta cansarse. Me miraba y cerraba los ojos avergonzada. Nadie le hablaba. Si no saltaba sobre una silla, recogía del piso chapitas, papelitos y hasta restos de comida que luego guardaba en sus agujereados bolsillos. Su cuerpo tenía la forma de los humos y el color de las ausencias. Caían sobre sus hombros dos gruesas trenzas negras.
La del caserón blanco y gris me contó que en una noche tormentosa, la vio correr buscando refugio debajo de un jazmín y que al día siguiente, con su vestidito mojado y sus trenzas chorreadas, se secaba al sol, jugando a la rayuela.
Unos recuerdan que alguna vez durmió sobre el tejado y que el borde de su vestido se quemó en la navidad de mil novecientos ochenta y uno. Otros dicen que suele pedir limosna a los costados de las rutas. La mayoría de las personas, jura no haberla visto jamás. Estos son algunos datos que he recogido con mucho esfuerzo, pues nadie quiere hablar del asunto. Yo misma omití revelar que hace diez años la vi colgada de los dinteles del portal de mi quinta en San Isidro.
La noche que regresábamos mi marido y yo de nuestra fiesta de casamiento, la encontramos sentada en la verja. Él pasó por su lado ignorándola, deseoso de encontrarse con los amigos que aguardaban en la casa, los que nos llevarían más tarde al aeropuerto. Yo no puede imitarlo. Me acerqué a ella y le pregunté su nombre. No respondió. Me arrodillé a su lado y me sentí igual de pequeña. Acaricié sus trenzas de lana. Dos botones de azabache eran sus tristes ojos. En una mano apretaba un jazmín. Se me ocurrió entonces llamarla Jazmín. Asintió complaciente su inmediato bautismo. Prendió la flor en mi pecho, mientras al cielo se le encendían las venas. Le susurré: No te abandonaré. Su rostro amarillo de rompecabezas se convirtió en mil cubitos de madera y todos giraron acompasados dejando en la superficie las caras púrpuras. Se había ruborizado.
Ya caían las primeras gotas de lluvia. Asió mis manos entre las suyas de lino y juntas arrancamos el collar de cuerda que enroscaba su cuello. No era un collar de perlas. Era un collar de cuerda.
Nos estábamos mojando. Miré su vestido celeste. Recordé el sol…La rayuela. Pensé: una noche de lluvia, dos noches de lluvia… una interminable sucesión de circunstancias adversas para una pobre niña. Se negó a entrar a mi casa, porque según sus únicas palabras, ya no era necesario.
Vinieron a mi encuentro para alertarme de la tormenta. Nadie reparó en Jazmín. Cuando quise incorporarme me di cuenta que ya estaba parada. Encontrar los ojos de mi esposo fue tan difícil como hallar una rosa en el cenit. Apenas si llegaba a la cintura de mis amigos. Sentí pánico de quedarme pequeña para siempre. Todos conversaban sin asombro, nadie notó la anomalía. ¡Yo les era indiferente, también me abandonarían! La sensación fue desapareciendo y paulatinamente me integré al mundo de los mayores.
Ahora dicen que Jazmín salta de rama en rama y que en las noches de rocío se humedecen sus trenzas largas… pero yo, nunca más la he vuelto a ver.
ALICIA MATVIU
“PARA MIS MUÑECOS OLVIDADOS BAJO LA LLUVIA,
QUE NO SON MAS QUE NIÑOS ABANDONADOS A SU SUERTE;
HE ESCRITO ESTE CUENTO, YO”
La había vuelto a ver un día antes de esa noche. Cuando apareció detrás de los arbustos con su vestidito celeste que nunca le sacaban.
Ya caía la tarde. El agua de la piscina se enfriaba con la brisa del crepúsculo. Ella zigzagueaba entre las mesas del parque. Sonreía. Se agarraba del tronco de los jazmines y giraba en círculos hasta cansarse. Me miraba y cerraba los ojos avergonzada. Nadie le hablaba. Si no saltaba sobre una silla, recogía del piso chapitas, papelitos y hasta restos de comida que luego guardaba en sus agujereados bolsillos. Su cuerpo tenía la forma de los humos y el color de las ausencias. Caían sobre sus hombros dos gruesas trenzas negras.
La del caserón blanco y gris me contó que en una noche tormentosa, la vio correr buscando refugio debajo de un jazmín y que al día siguiente, con su vestidito mojado y sus trenzas chorreadas, se secaba al sol, jugando a la rayuela.
Unos recuerdan que alguna vez durmió sobre el tejado y que el borde de su vestido se quemó en la navidad de mil novecientos ochenta y uno. Otros dicen que suele pedir limosna a los costados de las rutas. La mayoría de las personas, jura no haberla visto jamás. Estos son algunos datos que he recogido con mucho esfuerzo, pues nadie quiere hablar del asunto. Yo misma omití revelar que hace diez años la vi colgada de los dinteles del portal de mi quinta en San Isidro.
La noche que regresábamos mi marido y yo de nuestra fiesta de casamiento, la encontramos sentada en la verja. Él pasó por su lado ignorándola, deseoso de encontrarse con los amigos que aguardaban en la casa, los que nos llevarían más tarde al aeropuerto. Yo no puede imitarlo. Me acerqué a ella y le pregunté su nombre. No respondió. Me arrodillé a su lado y me sentí igual de pequeña. Acaricié sus trenzas de lana. Dos botones de azabache eran sus tristes ojos. En una mano apretaba un jazmín. Se me ocurrió entonces llamarla Jazmín. Asintió complaciente su inmediato bautismo. Prendió la flor en mi pecho, mientras al cielo se le encendían las venas. Le susurré: No te abandonaré. Su rostro amarillo de rompecabezas se convirtió en mil cubitos de madera y todos giraron acompasados dejando en la superficie las caras púrpuras. Se había ruborizado.
Ya caían las primeras gotas de lluvia. Asió mis manos entre las suyas de lino y juntas arrancamos el collar de cuerda que enroscaba su cuello. No era un collar de perlas. Era un collar de cuerda.
Nos estábamos mojando. Miré su vestido celeste. Recordé el sol…La rayuela. Pensé: una noche de lluvia, dos noches de lluvia… una interminable sucesión de circunstancias adversas para una pobre niña. Se negó a entrar a mi casa, porque según sus únicas palabras, ya no era necesario.
Vinieron a mi encuentro para alertarme de la tormenta. Nadie reparó en Jazmín. Cuando quise incorporarme me di cuenta que ya estaba parada. Encontrar los ojos de mi esposo fue tan difícil como hallar una rosa en el cenit. Apenas si llegaba a la cintura de mis amigos. Sentí pánico de quedarme pequeña para siempre. Todos conversaban sin asombro, nadie notó la anomalía. ¡Yo les era indiferente, también me abandonarían! La sensación fue desapareciendo y paulatinamente me integré al mundo de los mayores.
Ahora dicen que Jazmín salta de rama en rama y que en las noches de rocío se humedecen sus trenzas largas… pero yo, nunca más la he vuelto a ver.
ALICIA MATVIU
NOCHE DE PREMIOS
NOCHE DE PREMIOS
Se dejaron caer por el rocoso barranco. Las piedras abrieron sus tiernas carnes con la facilidad de una hoja de acero. Se miraban las piernas y las palmas de las manos ensangrentadas, como si su propio cuerpo no les perteneciera. No sentían dolor, hambre, ni frío. Era inútil que una le expresara a la otra con palabras lo que sentía. A las dos el dolor del miedo les horadaba el estómago con la misma fuerza con que el rayo parte la rama. El dolor era el mismo cordón que las unía, el que navegaba en sus frágiles venas, el que concretaba en lágrimas sus penas de niñas. Sus sentimientos eran análogos. Parecida era su forma temprana de consumir la vida. Eran dos gotas cristalinas de inocencia. Eran casi una misma alma habitando dos cuerpos. Venían huyendo, sin entender bien por qué. Ignoraban si querían huir o querían esconderse. Habían descubierto el secreto de los Dioses y los Dioses lo sabían. Cometieron la imprudencia de encontrarse con la verdad antes del plazo fijado por las Sagradas Escrituras del Devenir. Pero el hallazgo se debió más al descuido de los Dioses que a sus respectivas mentes curiosas e inquietas. Intuyeron que a sus propias vidas les llegaba el fin, que les quedaban unas pocas horas antes del oscurecer. A medianoche deberían enfrentarse con los Dioses y éstos les proclamarían la sentencia. Sentían pánico cuando imaginaban mirar al Dios Varón a los ojos. Lo que habían descubierto era terrible. El descubrimiento pondría en jaque el equilibrio ancestral entre Dioses-Hijos y el normal desarrollo evolutivo de La Tribu. No habían descubierto sólo la verdad, lo cual no sería tan riesgoso conocerla antes de tiempo, sino algo que era más trascendente que la verdad y la vida misma: Los Dioses también mentían y ellas lo descubrieron. La mentira era un pecado capital en La Tribu. Creyeron que a todos les estaba vedado mentir, incluso a los Dioses. Conocían leyendas que contaban del exilio al que se condenaba a los hijos que mentían. Los Dioses no quedarían al descubierto por sus propias mentiras, ante ellas o ante los demás integrantes de la tribu. Les esperaba a las niñas un castigo inconmensurable por haberlos dejado en evidencia. Lo más probable, era que los Dioses las condenaran a muerte, no sólo por haber descubierto la verdad prematuramente, sino por haber osado comprobar que los Dioses mienten.
Sumidas en sus penas y cavilaciones, descansaron boca arriba sobre las piedras. Las sacó de su congoja la algarabía de los cantos de Lacia la Verde, que se los escuchaba golpear sobre las grandes rocas al este del barranco. Las dos la miraron con asombro y contentas. Sabían que Lacia la Verde era conocedora de La Verdad y La Mentira desde un año y medio atrás y había sobrevivido. Cantaba y parecía feliz. Las dos niñas volaron a su encuentro. La tocaban, la besaban y hasta la fastidiaban con una seguidilla de preguntas. Lacia permaneció en calma, hasta sentía un poco de piedad por ellas. Les contó de su propia experiencia cuando descubrió La Verdad. Les confesó que sintió un poco de pena. Pero que la pena se debía, en esos momentos, a que los premios dados por los Dioses, no los volvería a recibir. Lacia les dijo en voz baja, que ella lo sabía mucho antes del plazo fijado para la expiración que decretaban las Sagradas Escrituras del Devenir, pero que calló para no ser exilada o condenada a muerte por desacato. Las dos niñas se estremecieron al comprobar que sus especulaciones podrían convertirse en realidad. Lacia les advirtió que habían cometido una gran equivocación al dar a conocer a La Tribu que sabían de La Verdad y de La Mentira antes del tiempo de “Expiración”. Según Lacia, descubierta la verdad fuera de ese tiempo, los hijos pierden los premios dados por los Dioses y nada más, pero si La Verdad es descubierta dentro del plazo de Expiración... se comete desacato ¡y esto sí que merecía el peor de los castigos! Lacia la Verde gritaba: ¡El desacato enfurece a los Dioses! A las dos niñas se les desorbitaron los ojos mirando como se enrojecía y alzaba sus brazos hacia el cielo. Lacia se fue cantando con la misma alegría con la que las niñas la sorprendieron, como si nada hubiera pasado, como si nunca se hubiera cruzado con ellas. Las dos comprendieron que los Dioses poseían la potestad de mentir. Podían hacer uso de tal facultad extraordinaria porque la naturaleza la otorgaba a quienes habían sido los primeros seres que constituyeron La Tribu. Ninguno de los hijos podía hacer uso de tal potestad. Les estaba vedado mentir. Los Dioses los castigaban, los expulsaban de La Tribu si se atrevían siquiera a hablar de ejercer La Potestad. Ahora también sabían que además de no mentir, tampoco debían saber la verdad antes del plazo fijado, ni propalar por la tribu que los Dioses mienten y mucho menos, decirle a los Dioses cara a cara, que se sabe de La Verdad y de La Mentira antes de tiempo. También intuyeron que se puede callar la verdad, que es casi como una mentira no manifiestada, ya que es muy conveniente callar para salvar la vida, tal como había hecho Lacia la Verde al ocultar su descubrimiento antes del plazo fijado por Las Escrituras; o sea, antes del plazo de Expiración.
La noche ya tocaba las doradas cabecitas de Antra y Mantra, quienes asustadas, asumieron con entereza que debían regresar a La Tribu, dejar de huir o de esconderse. La suerte estaba echada. Al entrar al refugio, pretendieron ignorar la presencia de los Dioses que las espiaban por detrás de las hojas de unas enormes palmeras de agua. Deseaban dormir en sus camas de mimbre. Se sacaron sus zapatos raspados por las piedras del barranco. Se recostaron y se abandonaron al sueño después de un día de horror signado por la angustia. Por la mañana, las despertaron los Dioses. Antra y Mantra pensaron que, después de todo, los Dioses habían sido demasiado contemplativos por haber postergado la sentencia y permitirles dormir toda la noche. Se les ordenó ir hasta la orilla del lago Razaah. Ambas presentían que allí serían condenadas. Buscaron sus zapatos pero no los encontraron. Se sintieron humilladas al tener que asistir sin ellos al juicio. Cuando llegaron al lago, no había nadie más que el Gran Dios Varón y la Gran Diosa Mujer. Sobre sus zapatos raídos había nueces, higos, garrapiñadas, caramelos transparentes, herramientas de juegos, adornos corporales, instrumentos musicales y una sopera celeste para la casita de muñecas. Eran “Los Premios”. Los premios que nunca habían faltado para las fiestas de ésa época del año y que seguían renovándose al igual que el ritual que los creaba; a pesar de que los Dioses sabían que las niñas conocían La Verdad y La Mentira. La Diosa vibró de felicidad cuando observó a sus hijas chispeantes y jocosas recibir “Los Premios”. Ver que se prendían los adornos, que degustaban las golosinas y que jugaban a las visitas con el Gran Dios; la realizaba plenamente como mujer. Pero pronto una mueca de espanto retorció su boca cuando notó las laceraciones en las piernas y manos de Antra y Mantra. Las gemelas minimizaron las heridas y contaron que fue un simple resbalón por el barranco... La diosa aflojó su mueca y con un resoplo de enojo, rezongó: ¡Pero ya son grandes, che..!
ALICIA MATVIU
Se dejaron caer por el rocoso barranco. Las piedras abrieron sus tiernas carnes con la facilidad de una hoja de acero. Se miraban las piernas y las palmas de las manos ensangrentadas, como si su propio cuerpo no les perteneciera. No sentían dolor, hambre, ni frío. Era inútil que una le expresara a la otra con palabras lo que sentía. A las dos el dolor del miedo les horadaba el estómago con la misma fuerza con que el rayo parte la rama. El dolor era el mismo cordón que las unía, el que navegaba en sus frágiles venas, el que concretaba en lágrimas sus penas de niñas. Sus sentimientos eran análogos. Parecida era su forma temprana de consumir la vida. Eran dos gotas cristalinas de inocencia. Eran casi una misma alma habitando dos cuerpos. Venían huyendo, sin entender bien por qué. Ignoraban si querían huir o querían esconderse. Habían descubierto el secreto de los Dioses y los Dioses lo sabían. Cometieron la imprudencia de encontrarse con la verdad antes del plazo fijado por las Sagradas Escrituras del Devenir. Pero el hallazgo se debió más al descuido de los Dioses que a sus respectivas mentes curiosas e inquietas. Intuyeron que a sus propias vidas les llegaba el fin, que les quedaban unas pocas horas antes del oscurecer. A medianoche deberían enfrentarse con los Dioses y éstos les proclamarían la sentencia. Sentían pánico cuando imaginaban mirar al Dios Varón a los ojos. Lo que habían descubierto era terrible. El descubrimiento pondría en jaque el equilibrio ancestral entre Dioses-Hijos y el normal desarrollo evolutivo de La Tribu. No habían descubierto sólo la verdad, lo cual no sería tan riesgoso conocerla antes de tiempo, sino algo que era más trascendente que la verdad y la vida misma: Los Dioses también mentían y ellas lo descubrieron. La mentira era un pecado capital en La Tribu. Creyeron que a todos les estaba vedado mentir, incluso a los Dioses. Conocían leyendas que contaban del exilio al que se condenaba a los hijos que mentían. Los Dioses no quedarían al descubierto por sus propias mentiras, ante ellas o ante los demás integrantes de la tribu. Les esperaba a las niñas un castigo inconmensurable por haberlos dejado en evidencia. Lo más probable, era que los Dioses las condenaran a muerte, no sólo por haber descubierto la verdad prematuramente, sino por haber osado comprobar que los Dioses mienten.
Sumidas en sus penas y cavilaciones, descansaron boca arriba sobre las piedras. Las sacó de su congoja la algarabía de los cantos de Lacia la Verde, que se los escuchaba golpear sobre las grandes rocas al este del barranco. Las dos la miraron con asombro y contentas. Sabían que Lacia la Verde era conocedora de La Verdad y La Mentira desde un año y medio atrás y había sobrevivido. Cantaba y parecía feliz. Las dos niñas volaron a su encuentro. La tocaban, la besaban y hasta la fastidiaban con una seguidilla de preguntas. Lacia permaneció en calma, hasta sentía un poco de piedad por ellas. Les contó de su propia experiencia cuando descubrió La Verdad. Les confesó que sintió un poco de pena. Pero que la pena se debía, en esos momentos, a que los premios dados por los Dioses, no los volvería a recibir. Lacia les dijo en voz baja, que ella lo sabía mucho antes del plazo fijado para la expiración que decretaban las Sagradas Escrituras del Devenir, pero que calló para no ser exilada o condenada a muerte por desacato. Las dos niñas se estremecieron al comprobar que sus especulaciones podrían convertirse en realidad. Lacia les advirtió que habían cometido una gran equivocación al dar a conocer a La Tribu que sabían de La Verdad y de La Mentira antes del tiempo de “Expiración”. Según Lacia, descubierta la verdad fuera de ese tiempo, los hijos pierden los premios dados por los Dioses y nada más, pero si La Verdad es descubierta dentro del plazo de Expiración... se comete desacato ¡y esto sí que merecía el peor de los castigos! Lacia la Verde gritaba: ¡El desacato enfurece a los Dioses! A las dos niñas se les desorbitaron los ojos mirando como se enrojecía y alzaba sus brazos hacia el cielo. Lacia se fue cantando con la misma alegría con la que las niñas la sorprendieron, como si nada hubiera pasado, como si nunca se hubiera cruzado con ellas. Las dos comprendieron que los Dioses poseían la potestad de mentir. Podían hacer uso de tal facultad extraordinaria porque la naturaleza la otorgaba a quienes habían sido los primeros seres que constituyeron La Tribu. Ninguno de los hijos podía hacer uso de tal potestad. Les estaba vedado mentir. Los Dioses los castigaban, los expulsaban de La Tribu si se atrevían siquiera a hablar de ejercer La Potestad. Ahora también sabían que además de no mentir, tampoco debían saber la verdad antes del plazo fijado, ni propalar por la tribu que los Dioses mienten y mucho menos, decirle a los Dioses cara a cara, que se sabe de La Verdad y de La Mentira antes de tiempo. También intuyeron que se puede callar la verdad, que es casi como una mentira no manifiestada, ya que es muy conveniente callar para salvar la vida, tal como había hecho Lacia la Verde al ocultar su descubrimiento antes del plazo fijado por Las Escrituras; o sea, antes del plazo de Expiración.
La noche ya tocaba las doradas cabecitas de Antra y Mantra, quienes asustadas, asumieron con entereza que debían regresar a La Tribu, dejar de huir o de esconderse. La suerte estaba echada. Al entrar al refugio, pretendieron ignorar la presencia de los Dioses que las espiaban por detrás de las hojas de unas enormes palmeras de agua. Deseaban dormir en sus camas de mimbre. Se sacaron sus zapatos raspados por las piedras del barranco. Se recostaron y se abandonaron al sueño después de un día de horror signado por la angustia. Por la mañana, las despertaron los Dioses. Antra y Mantra pensaron que, después de todo, los Dioses habían sido demasiado contemplativos por haber postergado la sentencia y permitirles dormir toda la noche. Se les ordenó ir hasta la orilla del lago Razaah. Ambas presentían que allí serían condenadas. Buscaron sus zapatos pero no los encontraron. Se sintieron humilladas al tener que asistir sin ellos al juicio. Cuando llegaron al lago, no había nadie más que el Gran Dios Varón y la Gran Diosa Mujer. Sobre sus zapatos raídos había nueces, higos, garrapiñadas, caramelos transparentes, herramientas de juegos, adornos corporales, instrumentos musicales y una sopera celeste para la casita de muñecas. Eran “Los Premios”. Los premios que nunca habían faltado para las fiestas de ésa época del año y que seguían renovándose al igual que el ritual que los creaba; a pesar de que los Dioses sabían que las niñas conocían La Verdad y La Mentira. La Diosa vibró de felicidad cuando observó a sus hijas chispeantes y jocosas recibir “Los Premios”. Ver que se prendían los adornos, que degustaban las golosinas y que jugaban a las visitas con el Gran Dios; la realizaba plenamente como mujer. Pero pronto una mueca de espanto retorció su boca cuando notó las laceraciones en las piernas y manos de Antra y Mantra. Las gemelas minimizaron las heridas y contaron que fue un simple resbalón por el barranco... La diosa aflojó su mueca y con un resoplo de enojo, rezongó: ¡Pero ya son grandes, che..!
ALICIA MATVIU
viernes, 28 de agosto de 2009
A LA VERA DE JORGE LUIS BORGES
A LA VERA DE JORGE LUIS BORGES
EL TODO Y LA NADA
Creyó que era él y su bibilioteca; o más bien creyó que él y su biblioteca eran uno solo o quizá, también creyó, que al final de la vida, la biblioteca sería solamente él, si es que ya no lo era y ese final inexorablemente ya había acontecido. No le importaba mucho, seguramente nada, encontrarse en él o encontrarse en sus libros. El regocijo era pleno, tanto como cuando se sumergía en el fondo de su ser (o ego) como cuando recorría con sus manos temblorosas las páginas unánimes de un libro legendario de cuyas letras ya no podía reconocer el símbolo. A veces no sabía si sus cuentos los forjaba con le herrumbre de sus propios pensamientos o eran pensamientos de otros muchos, capturados y recreados por la picardía de un buen lector y acuñados con el oportuno oficio, aprendido, de un escritor. Lo cierto es que cualquiera fuera el camino elegido para entretener su mente, ya sea leyendo o escribiendo, recurriendo a su biblioteca o eligiendo él mismo los símbolos de su autosatisfacción, arribaría por la fuerza de su voluntad a un instante de felicidad. La ilusión no era nada sencilla. Por las noches soñaba que escribía, soñaba empezar y terminar un cuento o una poesía. Soñaba cien veces por noche que escribía el mismo cuento o la misma poesía. Tanta laboriosidad inútil para comprobar al despertar que el cuento ya había sido escrito por otro o que la métrica de su poesía sólo tenía sentido lógico dentro de los paréntesis de un sueño nocturo. No le importaba invertir cien horas de sufrimiento en pos de capturar la espada sagrada, sin con ello podía reconfortarse con un segundo de felicidad. Porque no hay placer más complejo que el pensamiento y a él se entregaba. Por eso su frondosidad, su multiplicidaddad y misticismo: por sentir. Sentir el segundo singular de la felicidad por la obra cincelada. Decía que había sido feliz algunos instantes, pero quienes lo conocían en la privacidad dicen que fue feliz una sola vez. El caso es que había leído infinidad de páginas, conocido infinidad de autores y había acumulado en su biblioteca infinidad de libros y en sus retinas infinidad de imágenes de libros y autores. Estaba plenamente conciente de su confusión y no le importaba. Al fin y al cabo ¿Que diferencia había entre él y su biblioteca, entre las hojas quebradas de sus antiguos libros y sus propios ojos secos ya casi ciegos? La confusión era dolorosa pero también se había convertido en algo placentero a lo largo de tantos años. Solía decir que las letras lo justificaban, sin saber que él justificó su biblioteca. El fue para que otros sean, al igual que los libros clasificados fueron para que sea él. Un día decidió, como resultado de su hastío y de la mezquindad con que la vida le regalaba ese segundo singular de insipiración, desarmar su biblioteca y dejar de escribir. Comenzó a regalar sus libros preferidos a sus amigos más queridos. Luego la tarea se hizo tan ardua por lo interminable, que finalizó quemando algunos libros por no ser merecederes de halago alguno y otros fueron a parar a las manos de unos sobrinos advenedizos que no tardaron en venderlos por pocos centavos. En cuanto a sus letras, concluyó dibujando un último poema (tal vez póstumo) dedicado a una mujer que amó (tal vez la última) Refugiado en un páramo de un país extraño, el mismo que lo había cobijado cuando niño, se dejó arrollar por el tiempo. Despojado de todo: olores, fama, imágenes y libros; por primera y última vez, fue uno y fue todos. La historia cuenta que antes o después de su muerte (o al mismo tiempo) se puso frente a Dios y le dijo: "Te agradezco que me hayas concedido en el último instante de mi vida esta vasta vacuidad que es el todo y es la nada. Beso tu mano por poder conservar para toda la eternidad la unión de mi ser con mis libros y ser todos uno para siempre; sin devisiones, sin individualismos, sin espacios intermedios..." La voz de Dios le contestó desde un torbellino: "No me agradezcas nada, mi querido Borges, tuyo es el mérito. No te pude ayudar en tus sueños a ser uno. Sólo soy el Dios que te ha tocado en turno, que ha soñado tantas veces ser muchos y ser nadie. Soy aquél que nunca ha podido ser uno".
ALICIA MATVIU
EL TODO Y LA NADA
Creyó que era él y su bibilioteca; o más bien creyó que él y su biblioteca eran uno solo o quizá, también creyó, que al final de la vida, la biblioteca sería solamente él, si es que ya no lo era y ese final inexorablemente ya había acontecido. No le importaba mucho, seguramente nada, encontrarse en él o encontrarse en sus libros. El regocijo era pleno, tanto como cuando se sumergía en el fondo de su ser (o ego) como cuando recorría con sus manos temblorosas las páginas unánimes de un libro legendario de cuyas letras ya no podía reconocer el símbolo. A veces no sabía si sus cuentos los forjaba con le herrumbre de sus propios pensamientos o eran pensamientos de otros muchos, capturados y recreados por la picardía de un buen lector y acuñados con el oportuno oficio, aprendido, de un escritor. Lo cierto es que cualquiera fuera el camino elegido para entretener su mente, ya sea leyendo o escribiendo, recurriendo a su biblioteca o eligiendo él mismo los símbolos de su autosatisfacción, arribaría por la fuerza de su voluntad a un instante de felicidad. La ilusión no era nada sencilla. Por las noches soñaba que escribía, soñaba empezar y terminar un cuento o una poesía. Soñaba cien veces por noche que escribía el mismo cuento o la misma poesía. Tanta laboriosidad inútil para comprobar al despertar que el cuento ya había sido escrito por otro o que la métrica de su poesía sólo tenía sentido lógico dentro de los paréntesis de un sueño nocturo. No le importaba invertir cien horas de sufrimiento en pos de capturar la espada sagrada, sin con ello podía reconfortarse con un segundo de felicidad. Porque no hay placer más complejo que el pensamiento y a él se entregaba. Por eso su frondosidad, su multiplicidaddad y misticismo: por sentir. Sentir el segundo singular de la felicidad por la obra cincelada. Decía que había sido feliz algunos instantes, pero quienes lo conocían en la privacidad dicen que fue feliz una sola vez. El caso es que había leído infinidad de páginas, conocido infinidad de autores y había acumulado en su biblioteca infinidad de libros y en sus retinas infinidad de imágenes de libros y autores. Estaba plenamente conciente de su confusión y no le importaba. Al fin y al cabo ¿Que diferencia había entre él y su biblioteca, entre las hojas quebradas de sus antiguos libros y sus propios ojos secos ya casi ciegos? La confusión era dolorosa pero también se había convertido en algo placentero a lo largo de tantos años. Solía decir que las letras lo justificaban, sin saber que él justificó su biblioteca. El fue para que otros sean, al igual que los libros clasificados fueron para que sea él. Un día decidió, como resultado de su hastío y de la mezquindad con que la vida le regalaba ese segundo singular de insipiración, desarmar su biblioteca y dejar de escribir. Comenzó a regalar sus libros preferidos a sus amigos más queridos. Luego la tarea se hizo tan ardua por lo interminable, que finalizó quemando algunos libros por no ser merecederes de halago alguno y otros fueron a parar a las manos de unos sobrinos advenedizos que no tardaron en venderlos por pocos centavos. En cuanto a sus letras, concluyó dibujando un último poema (tal vez póstumo) dedicado a una mujer que amó (tal vez la última) Refugiado en un páramo de un país extraño, el mismo que lo había cobijado cuando niño, se dejó arrollar por el tiempo. Despojado de todo: olores, fama, imágenes y libros; por primera y última vez, fue uno y fue todos. La historia cuenta que antes o después de su muerte (o al mismo tiempo) se puso frente a Dios y le dijo: "Te agradezco que me hayas concedido en el último instante de mi vida esta vasta vacuidad que es el todo y es la nada. Beso tu mano por poder conservar para toda la eternidad la unión de mi ser con mis libros y ser todos uno para siempre; sin devisiones, sin individualismos, sin espacios intermedios..." La voz de Dios le contestó desde un torbellino: "No me agradezcas nada, mi querido Borges, tuyo es el mérito. No te pude ayudar en tus sueños a ser uno. Sólo soy el Dios que te ha tocado en turno, que ha soñado tantas veces ser muchos y ser nadie. Soy aquél que nunca ha podido ser uno".
ALICIA MATVIU
domingo, 23 de agosto de 2009
EL RECUERDO DEL OLVIDO
“A mi entender, la conclusión era inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo, sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos” (El Inmortal, de Jorge Luis Borges)
¡Cuánto sufrimiento padecía Maya! Su vida no le había sido arrebatada en un minuto ni en un segundo, como generalmente refieren los literatos para hacer más contundente la tragedia; se la fueron diluyendo en mínimas porciones, no sin voluntad, sino con la fina intención de quien teje con la vida ajena un desenlace a su propio antojo y persigue mediante su labor recrear en su mente infinidad de veces el sufrimiento de su víctima con el deleznable placer de saberse artífice de tan espantoso destino. Porque el espanto no es sufrir sino vivir el sufrimiento eternamente y el placer no se planta en ser el hacedor de un resultado acotado, sino en sentirse el labrador que hinca diariamente en la tierra del dolor de otro su herramienta salpicada de odio y de perfidia. Fueron dos mujeres, tres; tal vez, cuatro. Aunque con toda seguridad, ahora lo recuerdo, fueron cinco mujeres a las que le asignaron un rol predeterminado en una trama pensada por Maquiavelo y ejecutada por Judas. Cuatro creyeron que les sobraba motivos para ejercer la maldad impunemente (no solamente hacia Maya)y el motivo las ilusionaba para creer que respiraban chispazos de justicia divina con cada siembra de cizaña que realizaban a la vera del camino de otras vidas. Las cinco no sabían que eran prisioneras del destino y de los siglos, no sabían que un rigor adamantino sujetaba su albedrío y su jornada. En la rueda de la vida y de las horas a una se le asignó ser víctima y victimarias de ésta a las otras. A unas se les marcó el juego de malvadas y a otra el de las plácidas hadas. Ayer como hoy creen ser únicas, ignorando que el juego es infinito y aunque el tiempo las consuma, no habrá cesado el rito de nacer y de morir, ya sea como monje o ladrón. La segunda mujer malvada (segunda, en orden cronológico a la tragedia) destruyó el origen de Maya, tal es así que a la pobre no le quedó tumba sobre la cual llorar la muerte de sus genes. La tercera mujer malvada y la cuarta mujer malvada (ambas aparecidas en tiempo simultáneo) se burlaron de las virtudes de Maya; negando su nobleza y sabiduría, masificaron injurias contra ella. Con inmejorable maestría (más como resultado de la maldad encarnada que de un acertado trabajo intelectual) tornaron con sus lenguas la nobleza de Maya en hipocresía y, su sabiduría, en vulgaridad. De tal envergadura fue el oprobio, que Maya dudó de sus creencias y una sórdida amargura en sus entrañas se adueñó de su carácter; no sin escuchar todos los días, las palabras que Nietzsche esculpió : “las vivencias horrorosas nos hacen pensar que quien las tiene no es, él, algo horroroso”. Debatiéndose fatigosamente ante la continua dualidad entre el bien y el mal, su vida se iba reduciendo a pensamientos laberínticos que no conducían a ninguna solución placentera que justificara seguir existiendo. Aferrada a sus afectos secundarios, como único sostén de su existencia, temió el peor de los horrores y lo vio concretado; el último baluarte de su vida: su espejo y su continuidad carnal; fue objeto de un embate sin piedad que emprendieron la tercera mujer, la cuarta mujer y la quinta mujer. Por una extraña razón que aún hoy desconozco, sufrió su despojo durante los tres años anteriores a perderlo todo. Sin patria, sin familia y sin dinero, comprendió que había perdido la guerra que le presentó la vida. Sintió el olor del holocausto. No tuvo dudas que el desgarramiento que le carcomía el alma nunca desaparecería. ¿Cómo olvidar la pérdida de sus padres, hermanos, sobrinos, marido, hijos, patria y dinero? Así como a los judíos en la guerra se los capó de todo orquestadamente, así se ensañaron con ella cinco mujeres escogidas al azar. También sintió, pero tatuado en el corazón, un número que le marcaría el sufrimiento hasta el final de sus días. Quería convencerse que la realidad era ilusión, pero los años pasaban y la realidad le demostraba que los sucesos posteriores al despojo seguían las reglas lógicas y coherentes de toda realidad y no las antojadizas y contradictorias que se esperaría de una comedia imaginaria. Se creyó inteligente, y se planteó que todo aquello que se recuerda, también puede ser olvidado. Si era cierto que no hay cosa que no esté compensada con otra, a la memoria se le opone el olvido y al olvido la memoria. Se propuso descubrir esa cura, técnica, arte u oficio de olvidar. Munida de diversos textos budistas, cristianos, agnósticos, hinduistas, y de algunos otros que no vale la pena nombrar (por su escabroso origen) se fue entrenando en el arte del olvido. Pero para olvidar era preciso, primero, recordar la sangre que dolía.
El ejercicio de memorizar no le resultó trabajoso, ya lo había realizado repetidas veces. Según su entender y a través de un cálculo estimado sin ningún fundamento matemático, pero sí basado en el estricto segmento temporal en el que las cinco mujeres, se dedicaron a convertirla en una desposeída de todo; concluyó que necesitaría tres años para recordar todas las circunstancias que herían su dignidad; por lo tanto, necesitaría otros tres años para olvidarlas. Expuestas así las cosas, no obstante la sencillez del procedimiento, Maya no podía soportar su dolor puro y total durante tres años más. Ideó, entonces, la segunda parte del plan: a un recuerdo doloroso le seguiría inmediatamente el olvido, de tal manera, que en un mismo día, habría recordado y olvidado. El curso de los días sería menos angustioso, aunque el tiempo de la cura sería el mismo: al cabo de seis años no existiría vestigio de dolor. Maya comenzó, primero, por los recuerdos más persistentes; aquellos que la habían desestructurado, que habían cambiado su verdadera vida por otra inútil y sin sentido. Olvidado esto último, se arremolinaban en su cabeza el rol de cinco mujeres que no lograba relacionarlas entre sí o con algún hecho en especial, sólo sentía que cuando aparecían en su mente, se acrecentaban los latidos de su corazón y no podía reprimir sus lágrimas. Poco le importaba la causa exacta de tanta desolación, ya había tomado la firme determinación de ordenar a su cerebro que todo dolor debía ser olvidado y así sucedió. Luego continuó con los recuerdos menos intensos que, coincidentemente, eran los más lejanos a su presente. Al cabo de unas cuantas semanas, su cerebro se convirtió en un instrumento idóneo y preciso para destruir de sí mismo lo que le incomodaba, ya no necesitaba una orden expresa para comenzar a operar la técnica del olvido, las decisiones la tomaba él ante la mínima sensación de sufrimiento. Se podría decir que Maya, había delegado el trabajo de olvidar y esto era muy conveniente, porque ya casi no necesitaba recordar; ante el menor indicio de inquietud de su ser, el cerebro abortaba el recuerdo convirtiéndolo en olvido. Como admiradora de Nietzsche, sin preveerlo, cumplió sin querer su sentencia: “Si a nuestra conciencia la amaestramos, nos besa al mismo tiempo que nos muerde” Es así que Maya, ya no recordaba una leve intranquilidad por la quemazón en la lengua que le había producido el chocolate caliente, allá por el año 1982, en ocasión de un cumpleaños divertidísimo de su amiga Lucera. Tampoco recordaba el ardor que le habían causado sus laceraciones en las rodillas cuando se había caído de su bicicleta jugando carreras con sus amigas; pero claro, lógicamente, tampoco recordaba el cumpleaños divertido ni las carreras de bicicletas que tantos momentos de dicha pincelaron de alegría su niñez. Los demás decían que Maya estaba retraída, que había perdido la chispa de su mirada inquisidora, que usaba su ropa sin botones, los zapatos grandes, no se podaba las uñas y unicamente comía alimentos dulces; que se refería a la heladera, a los autos, a la lluvia, al odontólogo, a las inyecciones, a las plantas… pero que no sabía qué eran o para qué servían; que recordaba todas las palabras que necesita aprender un ser humano para relacionarse con la vida, pero que Maya las había evacuado de contenido; que realizaba algunas tareas hogareñas sencillas y se limitaba a observar cómo hablaban las personas sin intervenir en las conversaciones. En las reuniones sociales, esporádicamente, repetía las últimas palabras del último orador; como si quisiera engañar o disimular su estado de desconexión. La amiga y confidente de Maya, Lucera, refirió todas estas cuestiones al médico de cabecera de ambas, acentuando que la situación se venía perfilando desde hacía cinco o seis años. Luego de diversos estudios clínicos, que por demás está decirlo, nada evidenciaron acerca de una enfermedad concreta, Maya fue diagnosticada con el mal de Alzheimer, por el cual, los que la padecen, van perdiendo la memoria a causa de una dolencia degenerativa cerebral primaria, posiblemente desencadenada por la superproducción de la proteína de amiloide que va formando depósitos que arruinan el cerebro. Lucera quedó paralizada por la noticia médica, la enfermedad de su amiga era irreversible y posiblemente la llevaría a la muerte. Yo conocí a Maya y a su historia de tragedia y en el último año de su vida compartí con ella todos los días la hora del crepúsculo. La caída del sol y la aparición de las primeras estrellas en la noche eran lo único que hacía feliz su vida conciente e inconciente. Ví sus ojos penetrando las nubes ignoradas, devorando los vestigios de rayos naranjas de un sol último. Sus ojos se inundaban, su respirar era profundo, como quien siente la fragancia de una rosa; parecía que una brisa tenue, que sólo ella percibía, le rozaba la cara y aflojaba la rigidez de sus facciones. Se quedaba quieta, atenta, disfrutando el olor de la tarde; cada segundo, para ella, era un segundo. Si había depósitos malformados en su cerebro por la enfermedad que padecía, estoy segura que estaban completos de crepúsculos preciosamente amonedados. Murió en el mes de septiembre, como predijo el médico que sucedería. Yo la vi feliz, porque ya no le quedaban imágenes del recuerdo, sólo las palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros; yo la vi feliz, porque conservó en su mente el único recuerdo gozoso de un atardecer eterno. Palabras huecas y un rayo naranja, fueron la pobre limosna que le dejaron los siglos y las horas.
ALICIA MATVIU
¡Cuánto sufrimiento padecía Maya! Su vida no le había sido arrebatada en un minuto ni en un segundo, como generalmente refieren los literatos para hacer más contundente la tragedia; se la fueron diluyendo en mínimas porciones, no sin voluntad, sino con la fina intención de quien teje con la vida ajena un desenlace a su propio antojo y persigue mediante su labor recrear en su mente infinidad de veces el sufrimiento de su víctima con el deleznable placer de saberse artífice de tan espantoso destino. Porque el espanto no es sufrir sino vivir el sufrimiento eternamente y el placer no se planta en ser el hacedor de un resultado acotado, sino en sentirse el labrador que hinca diariamente en la tierra del dolor de otro su herramienta salpicada de odio y de perfidia. Fueron dos mujeres, tres; tal vez, cuatro. Aunque con toda seguridad, ahora lo recuerdo, fueron cinco mujeres a las que le asignaron un rol predeterminado en una trama pensada por Maquiavelo y ejecutada por Judas. Cuatro creyeron que les sobraba motivos para ejercer la maldad impunemente (no solamente hacia Maya)y el motivo las ilusionaba para creer que respiraban chispazos de justicia divina con cada siembra de cizaña que realizaban a la vera del camino de otras vidas. Las cinco no sabían que eran prisioneras del destino y de los siglos, no sabían que un rigor adamantino sujetaba su albedrío y su jornada. En la rueda de la vida y de las horas a una se le asignó ser víctima y victimarias de ésta a las otras. A unas se les marcó el juego de malvadas y a otra el de las plácidas hadas. Ayer como hoy creen ser únicas, ignorando que el juego es infinito y aunque el tiempo las consuma, no habrá cesado el rito de nacer y de morir, ya sea como monje o ladrón. La segunda mujer malvada (segunda, en orden cronológico a la tragedia) destruyó el origen de Maya, tal es así que a la pobre no le quedó tumba sobre la cual llorar la muerte de sus genes. La tercera mujer malvada y la cuarta mujer malvada (ambas aparecidas en tiempo simultáneo) se burlaron de las virtudes de Maya; negando su nobleza y sabiduría, masificaron injurias contra ella. Con inmejorable maestría (más como resultado de la maldad encarnada que de un acertado trabajo intelectual) tornaron con sus lenguas la nobleza de Maya en hipocresía y, su sabiduría, en vulgaridad. De tal envergadura fue el oprobio, que Maya dudó de sus creencias y una sórdida amargura en sus entrañas se adueñó de su carácter; no sin escuchar todos los días, las palabras que Nietzsche esculpió : “las vivencias horrorosas nos hacen pensar que quien las tiene no es, él, algo horroroso”. Debatiéndose fatigosamente ante la continua dualidad entre el bien y el mal, su vida se iba reduciendo a pensamientos laberínticos que no conducían a ninguna solución placentera que justificara seguir existiendo. Aferrada a sus afectos secundarios, como único sostén de su existencia, temió el peor de los horrores y lo vio concretado; el último baluarte de su vida: su espejo y su continuidad carnal; fue objeto de un embate sin piedad que emprendieron la tercera mujer, la cuarta mujer y la quinta mujer. Por una extraña razón que aún hoy desconozco, sufrió su despojo durante los tres años anteriores a perderlo todo. Sin patria, sin familia y sin dinero, comprendió que había perdido la guerra que le presentó la vida. Sintió el olor del holocausto. No tuvo dudas que el desgarramiento que le carcomía el alma nunca desaparecería. ¿Cómo olvidar la pérdida de sus padres, hermanos, sobrinos, marido, hijos, patria y dinero? Así como a los judíos en la guerra se los capó de todo orquestadamente, así se ensañaron con ella cinco mujeres escogidas al azar. También sintió, pero tatuado en el corazón, un número que le marcaría el sufrimiento hasta el final de sus días. Quería convencerse que la realidad era ilusión, pero los años pasaban y la realidad le demostraba que los sucesos posteriores al despojo seguían las reglas lógicas y coherentes de toda realidad y no las antojadizas y contradictorias que se esperaría de una comedia imaginaria. Se creyó inteligente, y se planteó que todo aquello que se recuerda, también puede ser olvidado. Si era cierto que no hay cosa que no esté compensada con otra, a la memoria se le opone el olvido y al olvido la memoria. Se propuso descubrir esa cura, técnica, arte u oficio de olvidar. Munida de diversos textos budistas, cristianos, agnósticos, hinduistas, y de algunos otros que no vale la pena nombrar (por su escabroso origen) se fue entrenando en el arte del olvido. Pero para olvidar era preciso, primero, recordar la sangre que dolía.
El ejercicio de memorizar no le resultó trabajoso, ya lo había realizado repetidas veces. Según su entender y a través de un cálculo estimado sin ningún fundamento matemático, pero sí basado en el estricto segmento temporal en el que las cinco mujeres, se dedicaron a convertirla en una desposeída de todo; concluyó que necesitaría tres años para recordar todas las circunstancias que herían su dignidad; por lo tanto, necesitaría otros tres años para olvidarlas. Expuestas así las cosas, no obstante la sencillez del procedimiento, Maya no podía soportar su dolor puro y total durante tres años más. Ideó, entonces, la segunda parte del plan: a un recuerdo doloroso le seguiría inmediatamente el olvido, de tal manera, que en un mismo día, habría recordado y olvidado. El curso de los días sería menos angustioso, aunque el tiempo de la cura sería el mismo: al cabo de seis años no existiría vestigio de dolor. Maya comenzó, primero, por los recuerdos más persistentes; aquellos que la habían desestructurado, que habían cambiado su verdadera vida por otra inútil y sin sentido. Olvidado esto último, se arremolinaban en su cabeza el rol de cinco mujeres que no lograba relacionarlas entre sí o con algún hecho en especial, sólo sentía que cuando aparecían en su mente, se acrecentaban los latidos de su corazón y no podía reprimir sus lágrimas. Poco le importaba la causa exacta de tanta desolación, ya había tomado la firme determinación de ordenar a su cerebro que todo dolor debía ser olvidado y así sucedió. Luego continuó con los recuerdos menos intensos que, coincidentemente, eran los más lejanos a su presente. Al cabo de unas cuantas semanas, su cerebro se convirtió en un instrumento idóneo y preciso para destruir de sí mismo lo que le incomodaba, ya no necesitaba una orden expresa para comenzar a operar la técnica del olvido, las decisiones la tomaba él ante la mínima sensación de sufrimiento. Se podría decir que Maya, había delegado el trabajo de olvidar y esto era muy conveniente, porque ya casi no necesitaba recordar; ante el menor indicio de inquietud de su ser, el cerebro abortaba el recuerdo convirtiéndolo en olvido. Como admiradora de Nietzsche, sin preveerlo, cumplió sin querer su sentencia: “Si a nuestra conciencia la amaestramos, nos besa al mismo tiempo que nos muerde” Es así que Maya, ya no recordaba una leve intranquilidad por la quemazón en la lengua que le había producido el chocolate caliente, allá por el año 1982, en ocasión de un cumpleaños divertidísimo de su amiga Lucera. Tampoco recordaba el ardor que le habían causado sus laceraciones en las rodillas cuando se había caído de su bicicleta jugando carreras con sus amigas; pero claro, lógicamente, tampoco recordaba el cumpleaños divertido ni las carreras de bicicletas que tantos momentos de dicha pincelaron de alegría su niñez. Los demás decían que Maya estaba retraída, que había perdido la chispa de su mirada inquisidora, que usaba su ropa sin botones, los zapatos grandes, no se podaba las uñas y unicamente comía alimentos dulces; que se refería a la heladera, a los autos, a la lluvia, al odontólogo, a las inyecciones, a las plantas… pero que no sabía qué eran o para qué servían; que recordaba todas las palabras que necesita aprender un ser humano para relacionarse con la vida, pero que Maya las había evacuado de contenido; que realizaba algunas tareas hogareñas sencillas y se limitaba a observar cómo hablaban las personas sin intervenir en las conversaciones. En las reuniones sociales, esporádicamente, repetía las últimas palabras del último orador; como si quisiera engañar o disimular su estado de desconexión. La amiga y confidente de Maya, Lucera, refirió todas estas cuestiones al médico de cabecera de ambas, acentuando que la situación se venía perfilando desde hacía cinco o seis años. Luego de diversos estudios clínicos, que por demás está decirlo, nada evidenciaron acerca de una enfermedad concreta, Maya fue diagnosticada con el mal de Alzheimer, por el cual, los que la padecen, van perdiendo la memoria a causa de una dolencia degenerativa cerebral primaria, posiblemente desencadenada por la superproducción de la proteína de amiloide que va formando depósitos que arruinan el cerebro. Lucera quedó paralizada por la noticia médica, la enfermedad de su amiga era irreversible y posiblemente la llevaría a la muerte. Yo conocí a Maya y a su historia de tragedia y en el último año de su vida compartí con ella todos los días la hora del crepúsculo. La caída del sol y la aparición de las primeras estrellas en la noche eran lo único que hacía feliz su vida conciente e inconciente. Ví sus ojos penetrando las nubes ignoradas, devorando los vestigios de rayos naranjas de un sol último. Sus ojos se inundaban, su respirar era profundo, como quien siente la fragancia de una rosa; parecía que una brisa tenue, que sólo ella percibía, le rozaba la cara y aflojaba la rigidez de sus facciones. Se quedaba quieta, atenta, disfrutando el olor de la tarde; cada segundo, para ella, era un segundo. Si había depósitos malformados en su cerebro por la enfermedad que padecía, estoy segura que estaban completos de crepúsculos preciosamente amonedados. Murió en el mes de septiembre, como predijo el médico que sucedería. Yo la vi feliz, porque ya no le quedaban imágenes del recuerdo, sólo las palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros; yo la vi feliz, porque conservó en su mente el único recuerdo gozoso de un atardecer eterno. Palabras huecas y un rayo naranja, fueron la pobre limosna que le dejaron los siglos y las horas.
ALICIA MATVIU
domingo, 19 de julio de 2009
CUENTOS QUE RECUERDAN MIS GENES
CUENTOS QUE RECUERDAN MIS GENES
Siempre me consideré una mujer racionalista. Más cercana a Descartes que al Buda. Por exceso de racionalidad dejé de ser católica y por ese mismo exceso, me convertí profundamente en cristiana. Pero mi lucha interna entre lo racional y lo místico (místico como aquello que se conoce más allá de la razón, ya sea por obra de la inspiración o de un estado de conciencia liberado de la lógica) fue encarnizada. La vida en su implacable transcurso, fue dando su propia lucha. Mi mente, mi cuerpo y mi vida, fueron el campo de batalla de dos contrincantes: la vida y yo misma. Finalmente Hubo un ganador. Después de muchos años de guerra y de batallas perdidas por mí, por supuesto, se impuso la vida. No he tenido la suerte de poseer el genio de Bécquer, pues si así hubiera sido, mi genio podría haber atado a un yugo a las dos y yo haber resultado vencedora de la lucha (…¡Tal es la inspiración!...¡Tal es nuestra razón!.. Con ambas siempre en lucha/y de ambas vencedor/tan solo el genio puede a un yugo atar las dos/ “Rimas” de Gustavo Adolfo Bécquer) Con el poco racionalismo que me queda, reconozco el hecho como una realidad. Verdaderamente hay hechos en mi vida que son realidad y no están sujetos a ningún tipo de lógica, al menos a la lógica estrictamente racional que nos enseñaron. Ante la evidencia inexplicable, ilógica, irracional, desorbitada, insólita… mi razón, se rinde. Pero mi razón no se rinde bajando los brazos. Se rinde en pleitesía a los pies de lo inexplicablemente ilógico. Aceptando la intuición, la inspiración, lo místico; como parte de una razón que aún no encontró su propia lógica para dar sustento cierto a lo que se percibe sin un exámen previo del intelecto. La vida, es lo que es. Una mixtura excelsa de carne y espíritu. De razón e inspiración. De lo que se ve, y de lo que no se ve, pero existe. El genio puede a un yugo atar las dos. Y para los que no tenemos genio, tenemos años. Muchos años. La vida nos evidencia que ella rebasa lo racional, que es mucho más que construcciones lógicas y correctas. Hay un mundo de sueños que parecen cuentos y de cuentos que parecen sueños. Pero que no son cuentos ni sueños… Tal vez, sean hechos o tal vez sean cuentos; o sueños. Son la vida. Ignorar los sueños, los presentimientos, las premoniciones, la intuición, la inspiración; es el peor error que se puede cometer. Pero claro, no todos tenemos genio y no todos vivimos tanto…
“La última noche de Jazmín o de Carila”, cuento que en un principio llamé “La última noche de Jazmín” (porque no conocía a Carila) es una historia soñada por mí; convertida en cuento. En realidad, fue un cuento que soñé y escribí. Pero es una leyenda griega, que pudo haber sido un hecho o simplemente un cuento. Lo que fue no lo sé. Ahora es una leyenda y es mi cuento. Lo escribí dieciocho años antes de leer la leyenda de Carila. Para los que no conocen la leyenda de Carila da lo mismo que lean mi cuento. En esencia, los dos cuentos (o leyendas) hablan del mismo tema y exponen casi literalmente los mismos símbolos. Me he visto tentada de adaptar mi cuento a la leyenda. Pero creo que habría cometido dos graves errores. El primero, sería dejar al lector sin el verdadero símbolo soñado. Y es muy interesante comparar los símbolos de mi cuento con los de la leyenda. Algunos son sorpresivamente similares y otros son idénticos. El segundo error, hubiera sido seguir utilizando forzadamente mi razón, para recrear una leyenda que no me interesa recrear y que está invocada aquí, por el solo hecho de haberla descubierto dieciocho años después de mi sueño. Creo que Carila se merece que yo escriba mi sueño, tal como han ocurrido los hechos…
A propósito de cómo la leyenda de Carila se encontró conmigo, fue a raíz de otro sueño que tuve. Este sueño es el cuento “el libro de la biblioteca” un libro duplicado, pero que sigue siendo uno solo. La bibliotecaria lo tiene polvoriento y catalogado en alguna estantería simétrica (como diría Borges) y yo lo tengo en la mía. Lo leí por primera vez, después de cuatro años de una supuesta apropiación indebida. ¿Cómo se llama el libro? Algo así como “Diccionario de leyendas y mitología griega y romana”. Abrí el libro al azar y apareció la palabra “Carila”. Allí estaba esperándome Jazmín para decirme que existía; dentro de una leyenda, o de un hecho.
El libro estuvo cuatro años mostrándoseme para que yo lo leyera. No era una lectura prioritaria en mi lista de libros. ¿Qué me impulsó a leerlo? La fuerza de una inquietud por lo genético o lo heredado. Por casualidad me enteré que mis pies corresponden a un tipo genético llamado pie griego. Pues el segundo dedo es más largo que los restantes. Miré el libro que decía “griega” y allí fui. Encontré en el reverso de la tapa un sello que decía “Biblioteca del Colegio…” año 2001. ¿Por qué el libro estaba al alcance de mi vista aquél día? Es algo muy ilógico para poder explicar ahora.
Los cuentos que les cuento, no son sueños, sino historias reales. Hechos que sucedieron y se repiten en el tiempo de diversas formas. Hechos que se manifiestan en mis sueños. Son hechos atemporales. No lo duden. Y los hechos reales de mi vida, como “Noche de premios” también se los cuento como cuentos, porque en realidad, son cuentos. Aunque no me explico por qué, se me ocurrió llamar a la amiga de las nenas “Lacia La Verde” antes de leer el imprudente diccionario. En fin, la vida es todo esto, ahora lo comprendo. Es razón e inspiración. Yo también, les confieso, que “he vivido”.
Siempre me consideré una mujer racionalista. Más cercana a Descartes que al Buda. Por exceso de racionalidad dejé de ser católica y por ese mismo exceso, me convertí profundamente en cristiana. Pero mi lucha interna entre lo racional y lo místico (místico como aquello que se conoce más allá de la razón, ya sea por obra de la inspiración o de un estado de conciencia liberado de la lógica) fue encarnizada. La vida en su implacable transcurso, fue dando su propia lucha. Mi mente, mi cuerpo y mi vida, fueron el campo de batalla de dos contrincantes: la vida y yo misma. Finalmente Hubo un ganador. Después de muchos años de guerra y de batallas perdidas por mí, por supuesto, se impuso la vida. No he tenido la suerte de poseer el genio de Bécquer, pues si así hubiera sido, mi genio podría haber atado a un yugo a las dos y yo haber resultado vencedora de la lucha (…¡Tal es la inspiración!...¡Tal es nuestra razón!.. Con ambas siempre en lucha/y de ambas vencedor/tan solo el genio puede a un yugo atar las dos/ “Rimas” de Gustavo Adolfo Bécquer) Con el poco racionalismo que me queda, reconozco el hecho como una realidad. Verdaderamente hay hechos en mi vida que son realidad y no están sujetos a ningún tipo de lógica, al menos a la lógica estrictamente racional que nos enseñaron. Ante la evidencia inexplicable, ilógica, irracional, desorbitada, insólita… mi razón, se rinde. Pero mi razón no se rinde bajando los brazos. Se rinde en pleitesía a los pies de lo inexplicablemente ilógico. Aceptando la intuición, la inspiración, lo místico; como parte de una razón que aún no encontró su propia lógica para dar sustento cierto a lo que se percibe sin un exámen previo del intelecto. La vida, es lo que es. Una mixtura excelsa de carne y espíritu. De razón e inspiración. De lo que se ve, y de lo que no se ve, pero existe. El genio puede a un yugo atar las dos. Y para los que no tenemos genio, tenemos años. Muchos años. La vida nos evidencia que ella rebasa lo racional, que es mucho más que construcciones lógicas y correctas. Hay un mundo de sueños que parecen cuentos y de cuentos que parecen sueños. Pero que no son cuentos ni sueños… Tal vez, sean hechos o tal vez sean cuentos; o sueños. Son la vida. Ignorar los sueños, los presentimientos, las premoniciones, la intuición, la inspiración; es el peor error que se puede cometer. Pero claro, no todos tenemos genio y no todos vivimos tanto…
“La última noche de Jazmín o de Carila”, cuento que en un principio llamé “La última noche de Jazmín” (porque no conocía a Carila) es una historia soñada por mí; convertida en cuento. En realidad, fue un cuento que soñé y escribí. Pero es una leyenda griega, que pudo haber sido un hecho o simplemente un cuento. Lo que fue no lo sé. Ahora es una leyenda y es mi cuento. Lo escribí dieciocho años antes de leer la leyenda de Carila. Para los que no conocen la leyenda de Carila da lo mismo que lean mi cuento. En esencia, los dos cuentos (o leyendas) hablan del mismo tema y exponen casi literalmente los mismos símbolos. Me he visto tentada de adaptar mi cuento a la leyenda. Pero creo que habría cometido dos graves errores. El primero, sería dejar al lector sin el verdadero símbolo soñado. Y es muy interesante comparar los símbolos de mi cuento con los de la leyenda. Algunos son sorpresivamente similares y otros son idénticos. El segundo error, hubiera sido seguir utilizando forzadamente mi razón, para recrear una leyenda que no me interesa recrear y que está invocada aquí, por el solo hecho de haberla descubierto dieciocho años después de mi sueño. Creo que Carila se merece que yo escriba mi sueño, tal como han ocurrido los hechos…
A propósito de cómo la leyenda de Carila se encontró conmigo, fue a raíz de otro sueño que tuve. Este sueño es el cuento “el libro de la biblioteca” un libro duplicado, pero que sigue siendo uno solo. La bibliotecaria lo tiene polvoriento y catalogado en alguna estantería simétrica (como diría Borges) y yo lo tengo en la mía. Lo leí por primera vez, después de cuatro años de una supuesta apropiación indebida. ¿Cómo se llama el libro? Algo así como “Diccionario de leyendas y mitología griega y romana”. Abrí el libro al azar y apareció la palabra “Carila”. Allí estaba esperándome Jazmín para decirme que existía; dentro de una leyenda, o de un hecho.
El libro estuvo cuatro años mostrándoseme para que yo lo leyera. No era una lectura prioritaria en mi lista de libros. ¿Qué me impulsó a leerlo? La fuerza de una inquietud por lo genético o lo heredado. Por casualidad me enteré que mis pies corresponden a un tipo genético llamado pie griego. Pues el segundo dedo es más largo que los restantes. Miré el libro que decía “griega” y allí fui. Encontré en el reverso de la tapa un sello que decía “Biblioteca del Colegio…” año 2001. ¿Por qué el libro estaba al alcance de mi vista aquél día? Es algo muy ilógico para poder explicar ahora.
Los cuentos que les cuento, no son sueños, sino historias reales. Hechos que sucedieron y se repiten en el tiempo de diversas formas. Hechos que se manifiestan en mis sueños. Son hechos atemporales. No lo duden. Y los hechos reales de mi vida, como “Noche de premios” también se los cuento como cuentos, porque en realidad, son cuentos. Aunque no me explico por qué, se me ocurrió llamar a la amiga de las nenas “Lacia La Verde” antes de leer el imprudente diccionario. En fin, la vida es todo esto, ahora lo comprendo. Es razón e inspiración. Yo también, les confieso, que “he vivido”.
jueves, 9 de abril de 2009
martes, 7 de abril de 2009
De un alma antigua
"De la memoria viene la sabiduría, de esta, la búsqueda sin fin de la verdad y de la verdad, el amor".
vivir
" Vivir es amarnos a nosotros mismos y buscar el camino a la felicidad de la mano de conciencias que estén a nuestra par".
El amor
"El amor es uno, es el todo; simplemente va cambiando de roles y de caras. El odio, en cambio, está bien dirigido hacia un rostro. En este sentido, debo entregar mi razón mansamente y admitir que el amor es el que a la larga ganará la partida."
dignidad
"La dignidad consiste en engañar al otro haciéndole creer que nunca nos va a poder manipular"
suicidio
"El suicidio, además de ser el acto de valentía mayor de un ser humano, es también la expresión máxima de su libertad"
dejar de amar
"Todos escriben versos sobre el amor, de cuánto sufren cuando los dejan. Sólo muy pocos, hablan o escriben, sobre los que dejan a otro amándolo, la razón es porque esto último es heroico y de cobardes está hecha la humanidad"
dejar de amar
"Es muy fácil amar, yo adoro a mi marido, pero ¿cómo sacarse de las entrañas el amor que siento por este divino gatito de ojos azules?
abandono
"Cuando era niña mis padres me descuidaban porque estaban muy atareados preocupándose por mí"
exito
"El mayor exito de mi vida fue tener a mis padres como ejemplo de aquello que no se debe hacer, en cuanto a lo que se debe hacer, he tenido que aprender sola"
¿o de una alma antigua?
En el idioma castellano tendrá su determinación: femenino/a o masculino/a; pero en la eternidad de los tiempos y como lo he comprobado... el/la alma puede encarnar en un ser femenino o masculino. ¿Ella tendrá sexo? No lo sé, tendré que seguir apelando a mi memoria.
De un alma antigua
De la memoria viene la sabiduría, de ésta la búsqueda sin fin de la verdad y de la verdad, el amor.
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