viernes, 28 de agosto de 2009

A LA VERA DE JORGE LUIS BORGES

A LA VERA DE JORGE LUIS BORGES

EL TODO Y LA NADA

Creyó que era él y su bibilioteca; o más bien creyó que él y su biblioteca eran uno solo o quizá, también creyó, que al final de la vida, la biblioteca sería solamente él, si es que ya no lo era y ese final inexorablemente ya había acontecido. No le importaba mucho, seguramente nada, encontrarse en él o encontrarse en sus libros. El regocijo era pleno, tanto como cuando se sumergía en el fondo de su ser (o ego) como cuando recorría con sus manos temblorosas las páginas unánimes de un libro legendario de cuyas letras ya no podía reconocer el símbolo. A veces no sabía si sus cuentos los forjaba con le herrumbre de sus propios pensamientos o eran pensamientos de otros muchos, capturados y recreados por la picardía de un buen lector y acuñados con el oportuno oficio, aprendido, de un escritor. Lo cierto es que cualquiera fuera el camino elegido para entretener su mente, ya sea leyendo o escribiendo, recurriendo a su biblioteca o eligiendo él mismo los símbolos de su autosatisfacción, arribaría por la fuerza de su voluntad a un instante de felicidad. La ilusión no era nada sencilla. Por las noches soñaba que escribía, soñaba empezar y terminar un cuento o una poesía. Soñaba cien veces por noche que escribía el mismo cuento o la misma poesía. Tanta laboriosidad inútil para comprobar al despertar que el cuento ya había sido escrito por otro o que la métrica de su poesía sólo tenía sentido lógico dentro de los paréntesis de un sueño nocturo. No le importaba invertir cien horas de sufrimiento en pos de capturar la espada sagrada, sin con ello podía reconfortarse con un segundo de felicidad. Porque no hay placer más complejo que el pensamiento y a él se entregaba. Por eso su frondosidad, su multiplicidaddad y misticismo: por sentir. Sentir el segundo singular de la felicidad por la obra cincelada. Decía que había sido feliz algunos instantes, pero quienes lo conocían en la privacidad dicen que fue feliz una sola vez. El caso es que había leído infinidad de páginas, conocido infinidad de autores y había acumulado en su biblioteca infinidad de libros y en sus retinas infinidad de imágenes de libros y autores. Estaba plenamente conciente de su confusión y no le importaba. Al fin y al cabo ¿Que diferencia había entre él y su biblioteca, entre las hojas quebradas de sus antiguos libros y sus propios ojos secos ya casi ciegos? La confusión era dolorosa pero también se había convertido en algo placentero a lo largo de tantos años. Solía decir que las letras lo justificaban, sin saber que él justificó su biblioteca. El fue para que otros sean, al igual que los libros clasificados fueron para que sea él. Un día decidió, como resultado de su hastío y de la mezquindad con que la vida le regalaba ese segundo singular de insipiración, desarmar su biblioteca y dejar de escribir. Comenzó a regalar sus libros preferidos a sus amigos más queridos. Luego la tarea se hizo tan ardua por lo interminable, que finalizó quemando algunos libros por no ser merecederes de halago alguno y otros fueron a parar a las manos de unos sobrinos advenedizos que no tardaron en venderlos por pocos centavos. En cuanto a sus letras, concluyó dibujando un último poema (tal vez póstumo) dedicado a una mujer que amó (tal vez la última) Refugiado en un páramo de un país extraño, el mismo que lo había cobijado cuando niño, se dejó arrollar por el tiempo. Despojado de todo: olores, fama, imágenes y libros; por primera y última vez, fue uno y fue todos. La historia cuenta que antes o después de su muerte (o al mismo tiempo) se puso frente a Dios y le dijo: "Te agradezco que me hayas concedido en el último instante de mi vida esta vasta vacuidad que es el todo y es la nada. Beso tu mano por poder conservar para toda la eternidad la unión de mi ser con mis libros y ser todos uno para siempre; sin devisiones, sin individualismos, sin espacios intermedios..." La voz de Dios le contestó desde un torbellino: "No me agradezcas nada, mi querido Borges, tuyo es el mérito. No te pude ayudar en tus sueños a ser uno. Sólo soy el Dios que te ha tocado en turno, que ha soñado tantas veces ser muchos y ser nadie. Soy aquél que nunca ha podido ser uno".

ALICIA MATVIU

domingo, 23 de agosto de 2009

EL RECUERDO DEL OLVIDO

“A mi entender, la conclusión era inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo, sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos” (El Inmortal, de Jorge Luis Borges)

¡Cuánto sufrimiento padecía Maya! Su vida no le había sido arrebatada en un minuto ni en un segundo, como generalmente refieren los literatos para hacer más contundente la tragedia; se la fueron diluyendo en mínimas porciones, no sin voluntad, sino con la fina intención de quien teje con la vida ajena un desenlace a su propio antojo y persigue mediante su labor recrear en su mente infinidad de veces el sufrimiento de su víctima con el deleznable placer de saberse artífice de tan espantoso destino. Porque el espanto no es sufrir sino vivir el sufrimiento eternamente y el placer no se planta en ser el hacedor de un resultado acotado, sino en sentirse el labrador que hinca diariamente en la tierra del dolor de otro su herramienta salpicada de odio y de perfidia. Fueron dos mujeres, tres; tal vez, cuatro. Aunque con toda seguridad, ahora lo recuerdo, fueron cinco mujeres a las que le asignaron un rol predeterminado en una trama pensada por Maquiavelo y ejecutada por Judas. Cuatro creyeron que les sobraba motivos para ejercer la maldad impunemente (no solamente hacia Maya)y el motivo las ilusionaba para creer que respiraban chispazos de justicia divina con cada siembra de cizaña que realizaban a la vera del camino de otras vidas. Las cinco no sabían que eran prisioneras del destino y de los siglos, no sabían que un rigor adamantino sujetaba su albedrío y su jornada. En la rueda de la vida y de las horas a una se le asignó ser víctima y victimarias de ésta a las otras. A unas se les marcó el juego de malvadas y a otra el de las plácidas hadas. Ayer como hoy creen ser únicas, ignorando que el juego es infinito y aunque el tiempo las consuma, no habrá cesado el rito de nacer y de morir, ya sea como monje o ladrón. La segunda mujer malvada (segunda, en orden cronológico a la tragedia) destruyó el origen de Maya, tal es así que a la pobre no le quedó tumba sobre la cual llorar la muerte de sus genes. La tercera mujer malvada y la cuarta mujer malvada (ambas aparecidas en tiempo simultáneo) se burlaron de las virtudes de Maya; negando su nobleza y sabiduría, masificaron injurias contra ella. Con inmejorable maestría (más como resultado de la maldad encarnada que de un acertado trabajo intelectual) tornaron con sus lenguas la nobleza de Maya en hipocresía y, su sabiduría, en vulgaridad. De tal envergadura fue el oprobio, que Maya dudó de sus creencias y una sórdida amargura en sus entrañas se adueñó de su carácter; no sin escuchar todos los días, las palabras que Nietzsche esculpió : “las vivencias horrorosas nos hacen pensar que quien las tiene no es, él, algo horroroso”. Debatiéndose fatigosamente ante la continua dualidad entre el bien y el mal, su vida se iba reduciendo a pensamientos laberínticos que no conducían a ninguna solución placentera que justificara seguir existiendo. Aferrada a sus afectos secundarios, como único sostén de su existencia, temió el peor de los horrores y lo vio concretado; el último baluarte de su vida: su espejo y su continuidad carnal; fue objeto de un embate sin piedad que emprendieron la tercera mujer, la cuarta mujer y la quinta mujer. Por una extraña razón que aún hoy desconozco, sufrió su despojo durante los tres años anteriores a perderlo todo. Sin patria, sin familia y sin dinero, comprendió que había perdido la guerra que le presentó la vida. Sintió el olor del holocausto. No tuvo dudas que el desgarramiento que le carcomía el alma nunca desaparecería. ¿Cómo olvidar la pérdida de sus padres, hermanos, sobrinos, marido, hijos, patria y dinero? Así como a los judíos en la guerra se los capó de todo orquestadamente, así se ensañaron con ella cinco mujeres escogidas al azar. También sintió, pero tatuado en el corazón, un número que le marcaría el sufrimiento hasta el final de sus días. Quería convencerse que la realidad era ilusión, pero los años pasaban y la realidad le demostraba que los sucesos posteriores al despojo seguían las reglas lógicas y coherentes de toda realidad y no las antojadizas y contradictorias que se esperaría de una comedia imaginaria. Se creyó inteligente, y se planteó que todo aquello que se recuerda, también puede ser olvidado. Si era cierto que no hay cosa que no esté compensada con otra, a la memoria se le opone el olvido y al olvido la memoria. Se propuso descubrir esa cura, técnica, arte u oficio de olvidar. Munida de diversos textos budistas, cristianos, agnósticos, hinduistas, y de algunos otros que no vale la pena nombrar (por su escabroso origen) se fue entrenando en el arte del olvido. Pero para olvidar era preciso, primero, recordar la sangre que dolía.
El ejercicio de memorizar no le resultó trabajoso, ya lo había realizado repetidas veces. Según su entender y a través de un cálculo estimado sin ningún fundamento matemático, pero sí basado en el estricto segmento temporal en el que las cinco mujeres, se dedicaron a convertirla en una desposeída de todo; concluyó que necesitaría tres años para recordar todas las circunstancias que herían su dignidad; por lo tanto, necesitaría otros tres años para olvidarlas. Expuestas así las cosas, no obstante la sencillez del procedimiento, Maya no podía soportar su dolor puro y total durante tres años más. Ideó, entonces, la segunda parte del plan: a un recuerdo doloroso le seguiría inmediatamente el olvido, de tal manera, que en un mismo día, habría recordado y olvidado. El curso de los días sería menos angustioso, aunque el tiempo de la cura sería el mismo: al cabo de seis años no existiría vestigio de dolor. Maya comenzó, primero, por los recuerdos más persistentes; aquellos que la habían desestructurado, que habían cambiado su verdadera vida por otra inútil y sin sentido. Olvidado esto último, se arremolinaban en su cabeza el rol de cinco mujeres que no lograba relacionarlas entre sí o con algún hecho en especial, sólo sentía que cuando aparecían en su mente, se acrecentaban los latidos de su corazón y no podía reprimir sus lágrimas. Poco le importaba la causa exacta de tanta desolación, ya había tomado la firme determinación de ordenar a su cerebro que todo dolor debía ser olvidado y así sucedió. Luego continuó con los recuerdos menos intensos que, coincidentemente, eran los más lejanos a su presente. Al cabo de unas cuantas semanas, su cerebro se convirtió en un instrumento idóneo y preciso para destruir de sí mismo lo que le incomodaba, ya no necesitaba una orden expresa para comenzar a operar la técnica del olvido, las decisiones la tomaba él ante la mínima sensación de sufrimiento. Se podría decir que Maya, había delegado el trabajo de olvidar y esto era muy conveniente, porque ya casi no necesitaba recordar; ante el menor indicio de inquietud de su ser, el cerebro abortaba el recuerdo convirtiéndolo en olvido. Como admiradora de Nietzsche, sin preveerlo, cumplió sin querer su sentencia: “Si a nuestra conciencia la amaestramos, nos besa al mismo tiempo que nos muerde” Es así que Maya, ya no recordaba una leve intranquilidad por la quemazón en la lengua que le había producido el chocolate caliente, allá por el año 1982, en ocasión de un cumpleaños divertidísimo de su amiga Lucera. Tampoco recordaba el ardor que le habían causado sus laceraciones en las rodillas cuando se había caído de su bicicleta jugando carreras con sus amigas; pero claro, lógicamente, tampoco recordaba el cumpleaños divertido ni las carreras de bicicletas que tantos momentos de dicha pincelaron de alegría su niñez. Los demás decían que Maya estaba retraída, que había perdido la chispa de su mirada inquisidora, que usaba su ropa sin botones, los zapatos grandes, no se podaba las uñas y unicamente comía alimentos dulces; que se refería a la heladera, a los autos, a la lluvia, al odontólogo, a las inyecciones, a las plantas… pero que no sabía qué eran o para qué servían; que recordaba todas las palabras que necesita aprender un ser humano para relacionarse con la vida, pero que Maya las había evacuado de contenido; que realizaba algunas tareas hogareñas sencillas y se limitaba a observar cómo hablaban las personas sin intervenir en las conversaciones. En las reuniones sociales, esporádicamente, repetía las últimas palabras del último orador; como si quisiera engañar o disimular su estado de desconexión. La amiga y confidente de Maya, Lucera, refirió todas estas cuestiones al médico de cabecera de ambas, acentuando que la situación se venía perfilando desde hacía cinco o seis años. Luego de diversos estudios clínicos, que por demás está decirlo, nada evidenciaron acerca de una enfermedad concreta, Maya fue diagnosticada con el mal de Alzheimer, por el cual, los que la padecen, van perdiendo la memoria a causa de una dolencia degenerativa cerebral primaria, posiblemente desencadenada por la superproducción de la proteína de amiloide que va formando depósitos que arruinan el cerebro. Lucera quedó paralizada por la noticia médica, la enfermedad de su amiga era irreversible y posiblemente la llevaría a la muerte. Yo conocí a Maya y a su historia de tragedia y en el último año de su vida compartí con ella todos los días la hora del crepúsculo. La caída del sol y la aparición de las primeras estrellas en la noche eran lo único que hacía feliz su vida conciente e inconciente. Ví sus ojos penetrando las nubes ignoradas, devorando los vestigios de rayos naranjas de un sol último. Sus ojos se inundaban, su respirar era profundo, como quien siente la fragancia de una rosa; parecía que una brisa tenue, que sólo ella percibía, le rozaba la cara y aflojaba la rigidez de sus facciones. Se quedaba quieta, atenta, disfrutando el olor de la tarde; cada segundo, para ella, era un segundo. Si había depósitos malformados en su cerebro por la enfermedad que padecía, estoy segura que estaban completos de crepúsculos preciosamente amonedados. Murió en el mes de septiembre, como predijo el médico que sucedería. Yo la vi feliz, porque ya no le quedaban imágenes del recuerdo, sólo las palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros; yo la vi feliz, porque conservó en su mente el único recuerdo gozoso de un atardecer eterno. Palabras huecas y un rayo naranja, fueron la pobre limosna que le dejaron los siglos y las horas.

ALICIA MATVIU