viernes, 30 de octubre de 2009

NOCHE DE PREMIOS

NOCHE DE PREMIOS


Se dejaron caer por el rocoso barranco. Las piedras abrieron sus tiernas carnes con la facilidad de una hoja de acero. Se miraban las piernas y las palmas de las manos ensangrentadas, como si su propio cuerpo no les perteneciera. No sentían dolor, hambre, ni frío. Era inútil que una le expresara a la otra con palabras lo que sentía. A las dos el dolor del miedo les horadaba el estómago con la misma fuerza con que el rayo parte la rama. El dolor era el mismo cordón que las unía, el que navegaba en sus frágiles venas, el que concretaba en lágrimas sus penas de niñas. Sus sentimientos eran análogos. Parecida era su forma temprana de consumir la vida. Eran dos gotas cristalinas de inocencia. Eran casi una misma alma habitando dos cuerpos. Venían huyendo, sin entender bien por qué. Ignoraban si querían huir o querían esconderse. Habían descubierto el secreto de los Dioses y los Dioses lo sabían. Cometieron la imprudencia de encontrarse con la verdad antes del plazo fijado por las Sagradas Escrituras del Devenir. Pero el hallazgo se debió más al descuido de los Dioses que a sus respectivas mentes curiosas e inquietas. Intuyeron que a sus propias vidas les llegaba el fin, que les quedaban unas pocas horas antes del oscurecer. A medianoche deberían enfrentarse con los Dioses y éstos les proclamarían la sentencia. Sentían pánico cuando imaginaban mirar al Dios Varón a los ojos. Lo que habían descubierto era terrible. El descubrimiento pondría en jaque el equilibrio ancestral entre Dioses-Hijos y el normal desarrollo evolutivo de La Tribu. No habían descubierto sólo la verdad, lo cual no sería tan riesgoso conocerla antes de tiempo, sino algo que era más trascendente que la verdad y la vida misma: Los Dioses también mentían y ellas lo descubrieron. La mentira era un pecado capital en La Tribu. Creyeron que a todos les estaba vedado mentir, incluso a los Dioses. Conocían leyendas que contaban del exilio al que se condenaba a los hijos que mentían. Los Dioses no quedarían al descubierto por sus propias mentiras, ante ellas o ante los demás integrantes de la tribu. Les esperaba a las niñas un castigo inconmensurable por haberlos dejado en evidencia. Lo más probable, era que los Dioses las condenaran a muerte, no sólo por haber descubierto la verdad prematuramente, sino por haber osado comprobar que los Dioses mienten.
Sumidas en sus penas y cavilaciones, descansaron boca arriba sobre las piedras. Las sacó de su congoja la algarabía de los cantos de Lacia la Verde, que se los escuchaba golpear sobre las grandes rocas al este del barranco. Las dos la miraron con asombro y contentas. Sabían que Lacia la Verde era conocedora de La Verdad y La Mentira desde un año y medio atrás y había sobrevivido. Cantaba y parecía feliz. Las dos niñas volaron a su encuentro. La tocaban, la besaban y hasta la fastidiaban con una seguidilla de preguntas. Lacia permaneció en calma, hasta sentía un poco de piedad por ellas. Les contó de su propia experiencia cuando descubrió La Verdad. Les confesó que sintió un poco de pena. Pero que la pena se debía, en esos momentos, a que los premios dados por los Dioses, no los volvería a recibir. Lacia les dijo en voz baja, que ella lo sabía mucho antes del plazo fijado para la expiración que decretaban las Sagradas Escrituras del Devenir, pero que calló para no ser exilada o condenada a muerte por desacato. Las dos niñas se estremecieron al comprobar que sus especulaciones podrían convertirse en realidad. Lacia les advirtió que habían cometido una gran equivocación al dar a conocer a La Tribu que sabían de La Verdad y de La Mentira antes del tiempo de “Expiración”. Según Lacia, descubierta la verdad fuera de ese tiempo, los hijos pierden los premios dados por los Dioses y nada más, pero si La Verdad es descubierta dentro del plazo de Expiración... se comete desacato ¡y esto sí que merecía el peor de los castigos! Lacia la Verde gritaba: ¡El desacato enfurece a los Dioses! A las dos niñas se les desorbitaron los ojos mirando como se enrojecía y alzaba sus brazos hacia el cielo. Lacia se fue cantando con la misma alegría con la que las niñas la sorprendieron, como si nada hubiera pasado, como si nunca se hubiera cruzado con ellas. Las dos comprendieron que los Dioses poseían la potestad de mentir. Podían hacer uso de tal facultad extraordinaria porque la naturaleza la otorgaba a quienes habían sido los primeros seres que constituyeron La Tribu. Ninguno de los hijos podía hacer uso de tal potestad. Les estaba vedado mentir. Los Dioses los castigaban, los expulsaban de La Tribu si se atrevían siquiera a hablar de ejercer La Potestad. Ahora también sabían que además de no mentir, tampoco debían saber la verdad antes del plazo fijado, ni propalar por la tribu que los Dioses mienten y mucho menos, decirle a los Dioses cara a cara, que se sabe de La Verdad y de La Mentira antes de tiempo. También intuyeron que se puede callar la verdad, que es casi como una mentira no manifiestada, ya que es muy conveniente callar para salvar la vida, tal como había hecho Lacia la Verde al ocultar su descubrimiento antes del plazo fijado por Las Escrituras; o sea, antes del plazo de Expiración.
La noche ya tocaba las doradas cabecitas de Antra y Mantra, quienes asustadas, asumieron con entereza que debían regresar a La Tribu, dejar de huir o de esconderse. La suerte estaba echada. Al entrar al refugio, pretendieron ignorar la presencia de los Dioses que las espiaban por detrás de las hojas de unas enormes palmeras de agua. Deseaban dormir en sus camas de mimbre. Se sacaron sus zapatos raspados por las piedras del barranco. Se recostaron y se abandonaron al sueño después de un día de horror signado por la angustia. Por la mañana, las despertaron los Dioses. Antra y Mantra pensaron que, después de todo, los Dioses habían sido demasiado contemplativos por haber postergado la sentencia y permitirles dormir toda la noche. Se les ordenó ir hasta la orilla del lago Razaah. Ambas presentían que allí serían condenadas. Buscaron sus zapatos pero no los encontraron. Se sintieron humilladas al tener que asistir sin ellos al juicio. Cuando llegaron al lago, no había nadie más que el Gran Dios Varón y la Gran Diosa Mujer. Sobre sus zapatos raídos había nueces, higos, garrapiñadas, caramelos transparentes, herramientas de juegos, adornos corporales, instrumentos musicales y una sopera celeste para la casita de muñecas. Eran “Los Premios”. Los premios que nunca habían faltado para las fiestas de ésa época del año y que seguían renovándose al igual que el ritual que los creaba; a pesar de que los Dioses sabían que las niñas conocían La Verdad y La Mentira. La Diosa vibró de felicidad cuando observó a sus hijas chispeantes y jocosas recibir “Los Premios”. Ver que se prendían los adornos, que degustaban las golosinas y que jugaban a las visitas con el Gran Dios; la realizaba plenamente como mujer. Pero pronto una mueca de espanto retorció su boca cuando notó las laceraciones en las piernas y manos de Antra y Mantra. Las gemelas minimizaron las heridas y contaron que fue un simple resbalón por el barranco... La diosa aflojó su mueca y con un resoplo de enojo, rezongó: ¡Pero ya son grandes, che..!

ALICIA MATVIU

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