LA ÚLTIMA NOCHE DE JAZMIN O DE CARILA
“PARA MIS MUÑECOS OLVIDADOS BAJO LA LLUVIA,
QUE NO SON MAS QUE NIÑOS ABANDONADOS A SU SUERTE;
HE ESCRITO ESTE CUENTO, YO”
La había vuelto a ver un día antes de esa noche. Cuando apareció detrás de los arbustos con su vestidito celeste que nunca le sacaban.
Ya caía la tarde. El agua de la piscina se enfriaba con la brisa del crepúsculo. Ella zigzagueaba entre las mesas del parque. Sonreía. Se agarraba del tronco de los jazmines y giraba en círculos hasta cansarse. Me miraba y cerraba los ojos avergonzada. Nadie le hablaba. Si no saltaba sobre una silla, recogía del piso chapitas, papelitos y hasta restos de comida que luego guardaba en sus agujereados bolsillos. Su cuerpo tenía la forma de los humos y el color de las ausencias. Caían sobre sus hombros dos gruesas trenzas negras.
La del caserón blanco y gris me contó que en una noche tormentosa, la vio correr buscando refugio debajo de un jazmín y que al día siguiente, con su vestidito mojado y sus trenzas chorreadas, se secaba al sol, jugando a la rayuela.
Unos recuerdan que alguna vez durmió sobre el tejado y que el borde de su vestido se quemó en la navidad de mil novecientos ochenta y uno. Otros dicen que suele pedir limosna a los costados de las rutas. La mayoría de las personas, jura no haberla visto jamás. Estos son algunos datos que he recogido con mucho esfuerzo, pues nadie quiere hablar del asunto. Yo misma omití revelar que hace diez años la vi colgada de los dinteles del portal de mi quinta en San Isidro.
La noche que regresábamos mi marido y yo de nuestra fiesta de casamiento, la encontramos sentada en la verja. Él pasó por su lado ignorándola, deseoso de encontrarse con los amigos que aguardaban en la casa, los que nos llevarían más tarde al aeropuerto. Yo no puede imitarlo. Me acerqué a ella y le pregunté su nombre. No respondió. Me arrodillé a su lado y me sentí igual de pequeña. Acaricié sus trenzas de lana. Dos botones de azabache eran sus tristes ojos. En una mano apretaba un jazmín. Se me ocurrió entonces llamarla Jazmín. Asintió complaciente su inmediato bautismo. Prendió la flor en mi pecho, mientras al cielo se le encendían las venas. Le susurré: No te abandonaré. Su rostro amarillo de rompecabezas se convirtió en mil cubitos de madera y todos giraron acompasados dejando en la superficie las caras púrpuras. Se había ruborizado.
Ya caían las primeras gotas de lluvia. Asió mis manos entre las suyas de lino y juntas arrancamos el collar de cuerda que enroscaba su cuello. No era un collar de perlas. Era un collar de cuerda.
Nos estábamos mojando. Miré su vestido celeste. Recordé el sol…La rayuela. Pensé: una noche de lluvia, dos noches de lluvia… una interminable sucesión de circunstancias adversas para una pobre niña. Se negó a entrar a mi casa, porque según sus únicas palabras, ya no era necesario.
Vinieron a mi encuentro para alertarme de la tormenta. Nadie reparó en Jazmín. Cuando quise incorporarme me di cuenta que ya estaba parada. Encontrar los ojos de mi esposo fue tan difícil como hallar una rosa en el cenit. Apenas si llegaba a la cintura de mis amigos. Sentí pánico de quedarme pequeña para siempre. Todos conversaban sin asombro, nadie notó la anomalía. ¡Yo les era indiferente, también me abandonarían! La sensación fue desapareciendo y paulatinamente me integré al mundo de los mayores.
Ahora dicen que Jazmín salta de rama en rama y que en las noches de rocío se humedecen sus trenzas largas… pero yo, nunca más la he vuelto a ver.
ALICIA MATVIU
viernes, 30 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario